domingo, 20 de noviembre de 2011

El último furtivo.

E n la alta noche aullaba el lobo en el chaparral, allá goza la santa calma de los bosques umbrios, acolchados de humus, las peñas escarpadas, las vaguadas cristalinas que remonta la trucha, los pradillos finos de los asientos altos. Filiberto, gustaba de vivir en aquel lugar, a veces cuando hacía una tarde templada se sentaba fuera al sol y almorzaba bajo la hiedra aralia que crecia junto a la vetusta pared del huerto. Las flores eran preciosas creaban un aroma… y las abejas revoloteando en pos del nectar. En el pueblo no tenía gran reputación, le tachaban de gandul y zascandil, piensan que no hace nada de provecho, pero vive feliz, si quiere cazar… caza, si quiere pescar… pesca, si quiere dar dos vueltas más en la cama nadie se lo estorba ni se lo coarta. Les come la envidia sentencia, así revienten. El fuego estaba siempre encendido desde finales de verano, repanchingado en el sillón de terciopelo leía libros amarillentos, garabateados de pensamientos curiosos. Prendado por llamas saltarinas, hipnotizado por los colores ardientes y los sonidos silvantes, hablaba sin palabras, con una voz tan cercana como la sombra, mañana… mañana iré a truchas. Por la ventana de la cocina comprobó que estaba amainando y que el sol incluso asomaba timidamente detrás de negros nubarrones. Se calzó las botas y su viejo y tosco abrigo, escudriñando a que no hubiera nadie a la vista, salió de casa. El bosque espeso, el camino serpenteante, los prados ondulados, las montañas imponentes, pasan tan desapercibidas a la vista como los adoquines de una calle centrica de la gran ciudad. El viento era recio, picaba de poniente, aún así pronto resonó el gorgoteo del arroyo, en un santiamén empalmó los dos cuerpos de la caña, el lacio puntero y apeó la boina. Avidamente enhebró la guita y pasó la cuerda por las anillas. Con mano entreabierta diestramente cazó un par de saltapraos del trebolar. Desquito las zancas y lo ensartó combado en la tija del anzuelo. Elevó el puntal por encima los carrizos y posó el cebo. Al tercer intento arrancó de la corriente una trucha de casi dos palmos, fuerte y robusta, que fue a pacer varias cuartas detrás sobre la hierba, debatiendose en enérgicas sacudidas. Acto seguido desarmó y recogió los bártulos con gran prestreza saliendo raudo del lugar. Y es que Filiberto no es carnicero de esos que le pierden las ansias de matar. Lo mismo de las truchas hace con liebres, perdices y sordas. Una buena y pa casa. Si acaso un jabalino pa curar a navaja. En época de cría tira sólo a los machos, si mata en la ladera de Campomanes no repite en un mes por aquellos pagos. De vuelta recoge en el pradillo una seta muy fina, “senderilla,” y asoma el hocico a la cascada del pozo azul, allí crecen frondosos berros con los que terminar de llenar el morralillo. De frente “cagón mi manto” el celador, maldita suerte, ganas tiene de pillarle en renuncio, corrió monte arriba como los lebreles, de matorro en matorro y metiose en el río, medio andando medio trastabillando, fue arrastrándose por el cauce, en un rabión abandonó caña y morralillo ocultado bajo los ranúnculos. Con los nervios a flor de piel fue llegando a la tenada de la Inés, aún notaba el acecho del celador, posiblemente le habría barruntado y echado a los perros. Al saltar la tapia mirando atrás le resbaló una bota y cayó de lleno con la rodilla en canto duro… el alarido fue desgarrador, Filiberto había tronzado la pierna, es más esta colgaba como un pingajo y los dolores crecían tanto que lo volvían loco. Alertado por los gritos llegó el chiguito de la Saturnina y al poco el celador. ¡¡Que estarías haciendo tú tunante por estos lares!! Con dos tablas y un cordel inmovilizaron la pierna, trasladaronlo entre chillos y lo postraron en cama. Al médico se le quitaron las ganas de almorzar al levantar las sucias sábanas, el hueso salido “al aire,” mordiendo una tea un crujido lo volvió a su sitio. Al despertar el medico dictaminó; Fili compañero, debe usted guardar reposo al menos mes y medio en cama, pasaré a retirar puntos, debe cambiar el vendaje periódicamente, en lo abierto emplasto de vinagre aceite y sal, y nada de moverse. Andados 43 días de aquel fatídico suceso, Filiberto deja un libro cuarteado sobre su aterciopelado sillón y apoyado en su nudoso bastón arroja un leño al crepitoso fuego, las llamas bailan al son de las palabras mudas, en sus labios sobresalen sus amarillentos dientes, en su mente… mañana… mañana iré a truchas. Y así termina la historia de Filiberto, todo esto por supuesto paso hace mucho, mucho tiempo y nunca podría volver a pasar nada parecido… Hoy en día no… o tal vez si… Saludos.

5 comentarios:

Gaizka dijo...

Contiene dos extractos inspirados en "Peñagrande" De Miguel Martín.
Libro del que recomiendo la lectura.
Salud.

Revuki dijo...

Muy bonito, Gaizka.

Leo Kutú dijo...

Hno. de los anzuelos, Gaizka:
La lectura de un libro, siempre deja algo positivo...algún aprendizaje.
Un abrazo grande y,...
Un afectuoso sapukay.-

joaquin dijo...

¡¡ Precioso Gaizka !!

Un abrazo

Gaizka dijo...

Me alegro de que esta "ida de olla" que a veces me dá, no le disguste a la gente de leer.

Gracias por los comentarios.
Un abrazo a los tres.