domingo, 30 de diciembre de 2012

El joven y el anciano pescador.

E l minúsculo pueblo apareció cubierto por una ligera capa de nieve creciente, como si hubiese brotado de una nueva mano de pintura y sus pasos fueran los primeros en marcar su inmaculada superficie. Hoy regresaba pronto a casa su único hijo cumplía ocho años, risueño y vigoroso crecía tan rápido como el ascenso constante del humo de aquella vieja cocina. “¡Papá, papá! ¡Mañana el abuelo me llevará a pescar!" Mi vista se ensombreció y fruncí el ceño preocupado. Recordé a su edad como aborrecía todo aquello que mi padre estimaba, despreciaba aquella absurda afición, tal vez fruto de la insistencia propuesta a la fuerza, sugiriendo que me gustara. Jamás volví a coger aquellas finas varas de pescar. Al día siguiente solo se escuchaban risas, que si habían tirado piedras, que si habían cogido una trucha y la habían soltado, que si habían visto una nutria…, aquel sonido resonó en mi corazón como un himno entrañable. Mi padre estaba encantado por fin conseguía transmitir lo que más le había gustado en este mundo, un paisaje, una línea derivando en la sutil corriente, un pez tomando la mosca levemente, los ánimos y risas joviales de su querido nieto desde la orilla... El tiempo fue transcurriendo y con él, los conocimientos de mi hijo transmitidos por mi padre, sus salidas habituales, sus conversaciones, sus montajes con plumas exóticas y hasta cierto punto, envidiaba aquel nexo de unión tan profundo que conservaban y del que yo carecía. El alumno comenzó a aventajar a su maestro, sus lances eran más largos, más certeros y más diversos, sus montajes exactos y sus técnicas y habilidad ya no tenían parangón. Ahora era mi padre el que animaba y reía desde la orilla. Con el paso de los años, mi hijo llegó a esa edad en la que el mundo cambia y las prioridades son otras, las salidas a pescar con su abuelo fueron disminuyendo, hasta cesar por completo, provocando la creación de una fina esquirla de hielo en el corazón oculta y que nunca termina de derretirse. Mi padre a pesar de aparentar con su risa rota y su representación de esfinge pétrea, no lograba engañarme, su mirada gris denotaba que el néctar de su juventud se iba escurriendo como por un cedazo, cuyos agujeros cada vez se hacían más grandes. El amigo se volvió enemigo, sonrió el despiadado espejo. Cierta tarde aproveché para conversar con mi hijo mientras veíamos un banal programa, sentados en el vetusto pero acogedor salón, le pregunté. “¿Hijo porqué ya no vas a pescar con el abuelo?” Tras un breve silencio, en el que la tirantez de la respuesta trataba de medir las palabras, me respondió airado; “El abuelo está mayor, tengo que esperarle y ayudarle para que no trastabille entre las piedras, su vista decae, ya no es capaz de anudar ni enhebrar en el ojal, sus rodillas no son firmes, sus manos temblorosas no son capaces de montar en el torno y su cabeza ya chochea, me cuenta una y mil veces aquellas historias de grandes truchas y majestuosos ríos de su tiempo”. Entristecido por la agudeza de las palabras, sintiendo sus venenosas espinas punzándome en la boca le respondí; “Hijo no deseo gobernar tus actos, pero si me permites me gustaría contarte una vieja historia”. Érase una vez un labrador que se hizo tan mayor que ya no podía trabajar el campo. Así que pasaba el día sentado en su mecedora. Su hijo aun trabajando las tierras, levantaba la mirada de vez en cuando y veía a su padre sentado allí. ¡“Ya no es útil”! pensaba el hijo para sí. ¡”No hace nada”! Un día su hijo se frustró tanto por esta situación que realizó un féretro de madera, lo deslizó hasta la mecedora y le dijo a su padre que se introdujera dentro. Sin mediar palabra, el padre se metió. Después de cerrar la puerta el hijo arrastró el féretro al borde del campo donde existía un elevado precipicio. Mientras se acercaba al abismo, escuchó un ligero toqueteo en la tapa del interior del féretro. Lo abrió. Recostado allí, relajadamente el padre miraba hacia arriba a su hijo. “Sé que me vas a arrojar al precipicio, pero antes de que lo hagas, ¿puedo aconsejarte algo? ¿Qué? Contestó el hijo. “¡Lánzame desde el precipicio si quieres!” dijo el padre. “¡Pero conserva este buen féretro de madera, tus hijos podrían necesitar usarlo!” En la mañana siguiente los últimos días del verano habían sido desplazados de escena, las largas sombras se extendían en dirección al invierno. El suelo estaba cubierto de hojas muertas, marrones y naranja pálido y las castañas con sus espinosos abrigos se sentaban orgullosas en las endebles ramas. Diáfanas carcajadas llegaron desde la entrada, como pequeños estorninos volviendo al nido después de un rato explorando los bordes del basto mundo. En la puerta, el joven y el anciano, juntos con sus cañas de pescar… “¡Abuelo!… ¡Cuéntame otra vez lo de aquella gran trucha!”

5 comentarios:

Josiño dijo...

Aquí hay una historia similar al tema del féretro, pero sin la temática pesquera.
Esta historia me ha hecho recapacitar. Sin embargo, he de decir que cuando pesco con alguien, suelo facilitarle todo lo posible dicha tarea. Desde el vadeo, la caminata por la orilla, etc.
No sé, quizás porque he sido autodidacta en este aspecto y trato de ser correcto en todo momento.
Feliz Año Gaizka y gracias por esta historia.
Saludos

Gaizka dijo...

Hola Jose.

El estracto que va en cursiva lo adapté de un cuento Zen del que desconozco el autor.

Gracias, feliz año y un abrazo!!

Revuki dijo...

Precioso, como siempre.
Saludos!!

asier rodriguez dijo...

Bonito cuento Gaizka,

hacía tiempo que no entraba en tu blog, me alegra ver que sigues publicando en él.

ondo izan, eta urte berri on!

Gaizka dijo...

Gracias Enrique me agrada que te agrade!

Gracias Asier, ute berri on zuretzat ere bai!!

Besarkada handi bat!